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jueves, 16 de julio de 2026

Los forzados de la ruta (Albert Londres)

Reseña:

Si alguna vez te has preguntado cuándo empezó a forjarse la mítica leyenda del ciclismo —esa que mezcla el sufrimiento extremo, la épica de la carretera y la cruda realidad del límite humano—, la respuesta no está en un documental moderno de televisión. Está en un pequeño libro de apenas ciento cincuenta páginas escrito hace más de un siglo: Los forzados de la ruta, del legendario periodista francés Albert Londres.

En el verano de 1924, el prestigioso diario Le Petit Parisien envió a su reportero estrella a cubrir la decimoctava edición del Tour de Francia. Lo curioso es que Albert Londres no era un cronista deportivo; era un periodista de investigación acostumbrado a cubrir guerras, conflictos mundiales y los inhumanos penales de la Guayana Francesa. Al enfrentarse a la carrera, Londres no vio una simple fiesta deportiva. Vio a un grupo de hombres sometidos a un esfuerzo sobrehumano, devorando polvo y barro en etapas de más de cuatrocientos kilómetros sobre bicicletas pesadísimas y carreteras deplorables. De ahí nació el mítico apodo que da título al libro, equiparando directamente a los ciclistas con los presos condenados a trabajos forzados.

El punto álgido del libro —y de la historia del ciclismo— ocurre en una taberna de Coutances. Tras abandonar la carrera por discrepancias con el despótico reglamento del Tour, los hermanos Henri y Francis Pélissier, las grandes estrellas del momento, deciden vaciar el saco ante un Albert Londres que los escucha atónito. Es el momento en el que sacan de sus bolsas pastillas de cocaína, cloroformo, pomadas y otras sustancias para confesarle que corren a base de "dinamita". Esta confesión a corazón abierto supuso la primera gran revelación sobre el dopaje y las extremas exigencias de la competición. Al humanizar a los corredores y mostrar sus miserias, dolores y remiendos físicos, Londres no destruyó el mito del Tour; al contrario, lo elevó a la categoría de epopeya trágica.

Aunque las bicicletas actuales pesen apenas unos kilos y los ciclistas lleven tecnología de última generación, la esencia del sufrimiento sigue siendo la misma. La pluma de Albert Londres es directa, irónica, veloz y cargada de una empatía tremenda hacia los atletas. Se lee de una sola sentada, pero sus imágenes se quedan grabadas en la mente durante días. Es una lectura imprescindible no solo para los locos de las dos ruedas, sino para cualquiera que ame el periodismo narrativo en su estado más puro y visceral.

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